En Chile, se cierne una gran votación sobre los derechos de la naturaleza

Los chilenos están votando sobre una nueva constitución que consagra nuevas protecciones para el medio ambiente.

Por Maxine Lowy

El próximo mes, el 4 de septiembre, los ciudadanos de la nación sudamericana de Chile acudirán a las urnas en un plebiscito para decidir si se adopta una nueva constitución. La constitución existente fue creada en 1980 bajo la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet, y durante años muchos chilenos han argumentado que impide que el país sea una democracia plena. Para aquellos chilenos que esperan dejar atrás los últimos vestigios de la dictadura, la nueva constitución promete una expansión de los derechos individuales, mayor igualdad de género, instituciones democráticas más fuertes y una mayor autonomía indígena.

Si se aprueba, la nueva constitución también establecería nuevas y radicales protecciones para el medio ambiente y ampliaría la capacidad de los chilenos comunes para salvaguardar los ecosistemas.

Las disposiciones sobre los derechos de la naturaleza en la constitución propuesta “reflejan una mayor comprensión de las múltiples formas en que nuestras vidas están interconectadas con el medio ambiente, lo cual está vinculado a la economía, las preocupaciones sociales y la justicia”, dice la politóloga chilena Pamela Poo Cifuentes, quien también es el coordinador de políticas públicas de Chile Sustentable. La nueva constitución, agrega, “internalizará el hecho de que hay una crisis climática y ecológica provocada por la mano del hombre. Es difícil que una sociedad avance sin abordar estos temas”.

La nueva constitución fue redactada por una asamblea constituyente durante un proceso de un año que finalizó en julio. El lenguaje sobre la protección del medio ambiente está incluido en la constitución, y cinco de los siete comités de la convención constitucional redactaron cláusulas ambientales de algún tipo. Desde el principio, el artículo 1 de la constitución propuesta establece a Chile como un estado “ecológico”. La constitución continúa incorporando la protección del medio ambiente en artículos relativos a los negocios, la economía, la propiedad, la educación y el gobierno, así como cláusulas directamente relacionadas con la gestión del agua, los recursos naturales y la protección del mar y los bosques.

El abogado Ezio Costa, director ejecutivo de FIMA, una ONG ambientalista, dice que la nueva constitución “refleja el reconocimiento de los límites planetarios y que nuestras acciones deben respetar esos límites”. Costa dice que tres elementos sustentan lo que él y otros denominan esta “constitución ecológica”.

En primer lugar, el artículo 127 establece que “la naturaleza tiene derechos. Es deber del Estado y de la sociedad proteger y respetar estos derechos.” Esto otorga estatus legal al medio ambiente, lo que facilitará que los chilenos presenten demandas para proteger los ecosistemas. Actualmente, los ciudadanos individuales o los grupos de interés público solo pueden presentar una demanda después de que una agencia gubernamental haya aprobado un estudio de impacto ambiental. En consecuencia, las declaraciones de impacto ambiental tienden a pesar a favor de la industria. Un aspecto clave del proyecto de constitución permitiría a los ciudadanos, por primera vez, cuestionar el impacto ambiental de los proyectos durante la fase de evaluación. Otro artículo del proyecto de constitución establece el “bien común de la naturaleza”, lo que abriría el camino para que las partes presenten demandas ambientales aunque estén geográficamente distantes del área en disputa.

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En segundo lugar, se reconoce la existencia de una crisis ambiental. El artículo 129 establece que “el Estado debe adoptar acciones para prevenir, adaptar y mitigar los riesgos, vulnerabilidades y efectos causados ​​por la crisis climática y ecológica”. El mismo artículo ordena que el Estado promueva «el diálogo… y la solidaridad internacional… para hacer frente a la crisis climática y ecológica y proteger la naturaleza».

En tercer lugar, la nueva constitución crearía una nueva estructura de aplicación de la protección ambiental que se extenderá a la supervisión a nivel local que históricamente se ha centralizado en la capital de Santiago. La constitución también establece “la idea de confianza pública, que introduce el principio de sostenibilidad nacional, no siempre presente en la toma de decisiones”, dice Costa.

Una de las características ambientales más impresionantes del proyecto de constitución es su establecimiento del derecho humano al agua. Los cinco artículos que componen el Estatuto de las Aguas definen el agua como “esencial para la vida y el ejercicio de los derechos humanos y de la naturaleza” y “el Estado tiene el deber de proteger el agua”. La constitución propuesta también establecería una Agencia Nacional del Agua, una “entidad autónoma para garantizar la sostenibilidad del agua”.

Foto Martin Katz – Greenpeace

Una limitación importante de la democracia en Chile es su poder ejecutivo altamente concentrado y poderoso. La nueva constitución otorgaría a los gobiernos provinciales y locales mayor autoridad, incluso en cuestiones ambientales. Esto facilitará la participación ciudadana en la gestión y protección ambiental. «Agrega más ingredientes a la sopa de decisiones», dice Costa. “Antes había solo dos ingredientes: la voluntad del Estado y la voluntad del sector privado. La nueva estructura agrega las provincias, las personas que viven allí y los límites de la naturaleza. La toma de decisiones se vuelve más compleja”.

Los impactos del cambio climático se han vuelto imposibles de pasar por alto en la ciudad capital de Santiago, donde los funcionarios han advertido a los residentes que esperen un racionamiento de agua para fin de año. A lo largo de todo Chile, las sequías intensificadas por el cambio climático están estresando los ecosistemas locales. Sin embargo, la escasez de agua no siempre es producto del cambio climático. A veces, las industrias desvían el agua del río para la producción agrícola, como en el pueblo de Petorca, que depende de camiones cisterna, mientras que al otro lado de la carretera las colinas están verdes con plantaciones de aguacate de una empresa agroexportadora.

El uso privilegiado e ilimitado de las empresas del agua y otros recursos naturales en otros lugares se deriva de la constitución actual del país. Las leyes de la época de la dictadura han permitido que industrias como la minería, la agroindustria y la silvicultura exploten libremente los recursos naturales. Los posteriores gobiernos elegidos democráticamente se acomodaron a esa constitución, perpetuando la visión del régimen militar de una economía extractivista desregulada.

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Es un punto de vista que se vuelve nítido en las comunidades a lo largo de la costa central que se han convertido en zonas de sacrificio. En nombre del progreso, un gobierno tras otro ha permitido que las centrales eléctricas de carbón y las refinerías de petróleo expulsen humos oscuros y residuos cargados de metales pesados ​​que contaminan el suelo, el agua, el aire y la playa, afectando el sustento de pescadores, agricultores, y recreación y contribuyendo a graves problemas de salud como el cáncer.

“Es un modelo con una visión utilitarista y antropocéntrica de la naturaleza que compartieron los gobiernos progresistas de los 90”, dice Poo Cifuentes.

El esfuerzo actual por consagrar una constitución completamente nueva marca la culminación de años de inestabilidad social y política en Chile. Hace casi 10 años, Chile vio a medio millón de personas en las calles protestando una propuesta para construir cinco represas hidroeléctricas en las prístinas cuencas de los ríos de la Patagonia en el sur de Chile. Después de años de audiencias, las empresas renunciaron a los derechos de agua y pusieron fin a sus controvertidos proyectos. Más recientemente, en enero de 2022, un tribunal puso fin a un conflicto de dos décadas cuando ordenó a Barrick Gold, una empresa canadiense, que cerrara su mina que extraía oro de debajo de un glaciar, lo que dejó sin agua al valle agrícola que se encuentra debajo.

Dichos movimientos generaron una conciencia ambiental más amplia en las comunidades de todo Chile y galvanizaron las redes que buscan la justicia ambiental. Muchos de los 154 delegados electos a la convención constituyente eran personas que provenían de lugares directamente afectados por conflictos ambientales.

La convención constituyente surgió de un movimiento social masivo que sacudió a Chile a partir de octubre de 2019 y que fue detenido solo por la pandemia. Sus exigencias de equidad social y económica señalaron a la constitución de 1980 como la raíz de los problemas que afectan a una amplia muestra representativa de la población chilena.

El gobierno reaccionó a esas protestas callejeras de 2019 desplegando tropas junto a la policía por primera vez desde la era de Pinochet, lo que se saldó con cientos de heridos graves y el repudio de organismos internacionales de derechos humanos. El presidente Gabriel Boric, entonces congresista, negoció un acuerdo entre todos los partidos políticos para celebrar un referéndum nacional sobre la redacción de una nueva constitución. En octubre de 2020, el 78 por ciento del electorado aprobó la idea de reemplazar la constitución a través de una convención constitucional. Después de 12 meses de deliberaciones sobre iniciativas generadas por los ciudadanos, la convención se levantó el 4 de julio, dando a los votantes dos meses para estudiar su contenido.

Chile no es el primer país de la región en introducir lenguaje ambiental en un proceso constitucional. Bolivia, en 2009, y Ecuador, en 2008, promulgaron reformas constitucionales que incorporaron la noción de Pachamama (Madre Tierra) y Buen Vivir (buen vivir) de las Primeras Naciones Andinas. Pero los observadores en Chile creen que esos esfuerzos no cumplieron con su visión original, ya que no proporcionaron mecanismos para la aplicación ambiental. Ninguno de los dos países tradujo los ideales utópicos en medidas concretas. Más bien, el modelo extractivista pasó del sector privado al público.

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Costa y Samuel Leiva, coordinador de la coalición ambientalista Sociedad Civil por la Acción Climática, atribuyen esto a la naturaleza de arriba hacia abajo de la reforma constitucional en esos países, encabezada por presidentes en ejercicio. En contraste, la reforma constitucional en Chile ha sido impulsada por la sociedad civil. El proyecto de nueva constitución chilena, dicen, contempla un equilibrio de poder que debe fortalecer la protección ambiental inmediata y sortear los obstáculos enfrentados en Bolivia y Ecuador.

La teóloga ecofeminista holandesa Arianne van Andel, que vive en Chile desde hace casi 20 años y es coordinadora de la Alianza Interreligiosa y Espiritual por el Clima, señala lo que cree que es la parte más radical de la constitución chilena propuesta: «En lugar de la noción de la naturaleza al servicio de los seres humanos, esta constitución muestra cómo los derechos humanos y los derechos de la naturaleza están completamente interconectados. Ese es el cambio de paradigma que necesita Chile para enfrentar la crisis climática”.

Con el plebiscito a solo unas semanas de distancia, la aprobación ciudadana de esta nueva y audaz constitución para Chile no es una conclusión inevitable.

Las fuerzas resistentes al cambio buscaron desacreditar la convención y sus objetivos desde el principio. Incapaz de anular la mayoría de dos tercios requerida para adoptar artículos, un bloque de 37 delegados conservadores, autoproclamados defensores de la constitución de 1980, circuló comentarios despectivos sobre otros delegados y noticias falsas, como el rumor de que la nueva constitución elimina a los privados propiedad. Otras cláusulas, como la que reemplaza al senado con un organismo regional, han sido criticadas por algunos que inicialmente apoyaron el proceso constitucional.

Tal vez nada ilustre más claramente tanto la emoción como la división de estos tiempos que el hecho de que la constitución se ha convertido en una lectura obligada a nivel nacional. Después de su publicación a principios de julio, la constitución se convirtió rápidamente en el mayor éxito de ventas, con miles vendidos en cada esquina y en las librerías. También es descargable y repartido gratuitamente en todo el país.

El presidente Boric ha llamado a los chilenos a leer el texto e informarse sobre lo que incluye. En el otro lado del espectro político, los principales opositores a la nueva constitución dicen que los ciudadanos comunes no son capaces de comprender su contenido y condenan el millón de copias impresas por el gobierno como un desperdicio de papel. Las próximas semanas prometen ser un momento de mayor polarización, ya que las posiciones se consolidan entre apruebo (aprobar) y rechazo (rechazar).

En última instancia, los votantes de Chile tendrán la última palabra sobre si la naturaleza será lo primero.

Foto Javier Torres AEP

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