Las leyendas nunca mueren
Lunes, 01 de Mayo de 2017 19:33

Pensar O Morir en los días de Hardcore HeadPensar O Morir en los días de Hardcore HeadPor Juan Francisco Altamiranda

TW: @jfaltamiranda

Llegué tarde a la movida hardcore de los noventa. Me lo perdí todo. Pude ver algunas cosas de rebote pero no sería legítimo proclamarme como un agente juicioso de su público. No fui parte. Si alguna vez viste al tren marcharse por la vía cuando estabas llegando a la estación entonces sabés de que hablo: el tren se va, lo viste, lo escuchaste, capaz que hasta llegaste a sentirle el olor pero no te subiste y te quedaste viendo cómo se alejaba. Fui testigo involuntario de esa contravención musical, después me arrepentiría largo tiempo el no haber sido cómplice.

Es imposible separar esta historia de la historia de mis hermanos, ellos son el primer capítulo. Cuando era chico, estaban todo el día girando cintas de esa música que salían a volumen podrido por los parlantes de un minicomponente Panasonic que ellos mismos se habían encargado de adornar con calcos okupas y antimilitaristas, fotos de Pantera, A.N.I.M.A.L. y El Otro Yo recortadas de la Madhouse y algunas pintadas con borratinta de Flema y Penadas Por La Ley. Fue tema de grandes conversas en los cumpleaños, siempre en boca de sus amigotes, que parecían salidos de un videoclip de Cypress Hill o la Friday de Ice Cube, y llegaban hasta mis oídos, que las registraban al pasar pero nunca sabía bien de qué iba la cosa. Los tipos caían a casa con viseras de Nueva York o gorritos de lana, religiosa camisa leñadora abrochada en los botones superiores, pantalones anchos con largas cadenas, y se saludaban aparatosamente, con alta palmada en la mano y "trababan" en un abrazo que duraba una milésima de segundo. También había otro target de visitantes, que estaban más asociados a mi hermano Galgo, rabioso exponente de la ramificación punk barrial berissense. El look prototípico de estos secuaces suponían zapatillas All Star botitas, chupines rotos, remeras de los Pistols o Ramones, la infaltable campera Adidas azul escrachada con licui, algún candado roscado al cuello, alfileres de ganchos por doquier y el pelo teñido, parado o crestado. Pero vayamos a lo importante: la música, el hardcore de los noventa, el punk de los noventa y, por qué no, el hip-hop de los noventa. No el de afuera, no el de la Buenos Aires Hardcore o la Malos Aires Punk Core, si no el de acá, el de La Plata y Berisso, el que estaba a mano, y que siempre tuvo un saborcillo diferente, a cosa de barrio misturada con influencias norteamericanas, a desprecio por las instituciones, a intento fallido de colar en la fiesta del siglo, a rugido desesperado, necesario, peligroso, precario y urgente. Como mucho de lo que pasó en aquella remake de la década infame que fueron los noventa.

Llegué tarde a un montón de cosas buenas (y de las otras): a los Ramones tocando en Argentina dos o tres veces por año, a la birra a un peso, a la dolorización de discos e instrumentos, a los recitales en Cafetal, a los demos en cassettes artesanales, a cuando Fun People era una novedad que visitaba re seguido La Plata, a la necesidad de organizarme en una pandilla urbana, y a todo eso que estaba necesariamente enquistado al reverso de la postal de la era: desocupación, desguace estatal, privatización de los sueños y las esperanzas, la razzia nuestra de cada día y la grasada colectiva televisada para todo el país. Tuve algo de suerte, como dije, mis hermanos mayores eran una especie de abanderados locales de la movida under, y eso aparejó que yo pudiera pescar algunos eventos notables. Recuerdo a Insane? tocando en la canchita del Club Villa Zula, la plebe enardecida en un pogo que arremolinaba a todos los presentes y los arrastraba hasta el escenario desde donde los más osados se encaramaban, gritaban algo al micrófono (seguramente una puteada a la policía o una alabanza al porro) y volvían a saltar tipo clavado en el maremágnum de espíritu adolescente, desencantado con la existencia, violentado y familiero. Recuerdo a Mensaje Para Tu Mente templando sus instrumentos en el patio de casa, la cereza del postre de algún cumpleaños maratónico, recuerdo la expectativa de la audiencia, el acorde inicial y los pogos más violentos y fraternales del mundo, románticos pero virulentos, recuerdo que me subieron de mosh desde el fondo hasta el frente porque era una larva adicta a los chizitos que todavía flotaba ligero como una pluma sobre esas marejeadas de pibes enajenados por el groove y la distorsión. Me acuerdo todas las canciones de todos los discos de Flema, de principio a fin, todas. Me acuerdo Crónica mostrando los disturbios en la visita de La Polla. Me acuerdo la tapa de "Dolor" de Pensar O Morir, con el nene muerto de un balazo en el pecho, la pistola humeando en manos de su hermano, el horror impreso en la cara del fratricida y de sus padres. Me acuerdo de "Armado", y ese "llevan un arma cargado de ignorancia". Huellas indelebles de un algo que parecía intrascendente por aquel entonces.

Pensar O Morir - Formación clásica de los 90´sPensar O Morir - Formación clásica de los 90´sLa cuestión es que para cuando a mí realmente me empezó a picar el seborreico bichito del punk, la cosa ya estaba muerta. Los noventa habían terminado. La disgregada Alianza le ponía presurosamente la tapa del cajón a la década y el acartonado escenario de fiesta se desmoronaba dejando a millones de argentinos descubriéndose con la pija adentro del hormiguero. Sería muy difícil encontrar a alguien que diga que la pasó joyita por aquellos años. Corría el 2002 y empecé los estudios secundarios en la Escuela Técnica Astillero Río Santiago, donde me otorgaban una beca para pagarme el transporte y que me encargaba cuidadosamente de administrar en la compra de música punk. No me quedé tan quieto esta vez. Pude ver algunas cosas ese año: Mal De Parkinson en El Teatro de 43 (cuando todavía a nadie se le ocurría llamarlo "El Teatro Café Concert"), Sin Futuro en el estacionamiento de la muni, con el cantante vestido de colegiala y cientos de alternopunks coreando una frenética versión de "Grande Angie", Restos Fosiles y Sudarshana en el Basquiat de 6 y 50. La posta es que para los fines de ese año el punk ya empezaba a aburrirme, no era lo mío, no me iba el reviente, no había fumado porro ni por casualidad y empezaba a cuestionarme cuánto tenía que ver conmigo el estilo de vida rotoso, desenfrenado y hedonístico que a mi yo adolescente le proponían las canciones de Ricardo Espinosa. Al otro año, el suicido de Ricky, sumado a la internación de mi hermano en una granja de rehabilitación, me hicieron sentir una especie de rechazo hacia lo punk. Buscaba algo más, algo distinto... hasta que lo encontré: sentimiento, dureza, sobriedad, optimismo, vitalidad. Conocí el hardcore, las bandas clásicas de NY, nuestro modelo autóctono con NDI y BOD a la cabeza y un disco que marcaría una diferencia fuerte en mi espíritu: La Mejor Elección de Vieja Escuela, y el filo de ese bajo brillante que abría los veinticuatro minutos más veloces, agresivos y emocionantes de tu vida. No es cosa de todos los días encontrar una banda que canté que "si yo no me drogo es por mi elección" o eso de "no me importa lo aburrido que soy, no a las drogas es mi diversión". Me acuerdo el rumor que alguien hizo flotar el día que le compramos ese disco al Bormo en un reci de Mensaje en el Club Honor & Patria (sí, cuando todavía a nadie se le ocurría llamarlo El Clú), se decía que los seguidores de Vieja Escuela eran un grupo de tipos medio recios, fanáticos del straight edge, que si te pillaban fumando o tomando en las cercanías de un concierto donde tocara Vieja te daban una paliza. Hasta el día de hoy nunca supe si era verdad o fantasía. En esa feria también pegamos un cassette que fue central para esos años, el soundtrack ideal para orquestar millones de juntadas con mis amigos y la columna vertebral de este relato: Hardcore Head Eternamente de Pensar O Morir. El título resume bastante de lo que podía contener la cinta. En ese momento, fue una plegaria atendida. Lo que estábamos necesitando, en el momento justo. O no. Éramos la novatada en esa movida, todavía no sabíamos que POM sostenía una actividad menos que ocasional por aquel entonces. Moríamos de ganas de hacer sing-along en la parte final de "Hc head", soñábamos con abrir el pit en el corte poguero del tema que le daba nombre a la banda, fantaseábamos con poder arrimarnos a un ronda donde se versionara "Debes quitarte el uniforme" de No Demuestra. Tendríamos que esperar algunos meses para que eso pasara y cambiara, de manera definitiva, el curso de nuestras vidas.

***

La noticia la trajo mi hermano Chuli, la soltó sobre nosotros con una sonrisa desafiante, como proponiendo una jugada que ameritaba quiero, retruco y vale cuatro: "el miércoles toca Pensar O Morir, chabón". Era otra tarde bochornosa en las escalinatas del Correo Viejo, estábamos recontra re tirados, comiendo semillitas y comparando apreciaciones sobre la voluminosidad de algunas chicas que veíamos pasar, y la primicia que Chuli acababa de traer fue suficiente para que todo el tedio acumulado de un año de malaria económica, sueños postergadisimos, bicicletas robadas y rechazo femenino pareciera por fin traer una buena.

–¿Cómo que tocan? Si no tocan más –pregunté.
–Se juntan. Vi un afiche en Xennón, le pregunté al pelado y me dijo que era posta.

Invocar la palabra del "pelado de Xennón" en materia de música era darle un sustento de acero a lo que se dijera. En aquellos días había pocas vías de información –además del messenger y el Suple Joven de los viernes–, la vitrina de Xennón era el mosaico de ese reducido mundo en que se había convertido la música pesada. Entonces la cosa se había puesto seria, no podía ser joda, tenía que ser verdad: la leyenda del hardcore platense volvía a tocar, la posibilidad estaba delante de nuestras narices, y se hacía más atractiva con cada segundo que pasaba. Al rato vino Limón y nos dio el empujón definitivo:

–Vargas me dijo que tocan, que se juntan sólo esta vez porque el batero vive en otro lado y vino acá para las fiestas.

No quedó lugar a dudas. La noticia voló entre el piberío y esa calurosa noche de miércoles caímos a Meridiano V. Algunos fueron pedaleando desde Villa Zula hasta Circunvalación, otros, como yo, bastante menos predispuesto al pedaleo, en bondi. Tomé el Cementerio con Limón y nos bajamos en 66 y 17, cubriendo las cuadras restantes a pie.

Llegando a la esquina de 17 y 71 la calle se abría como la más hermosa de las flores en primavera, era nuestra primavera, la que se había demorado años en llegarnos gracias a la explosión del punk industrializado y la llegada de los nuevos peinados raros y maquillaje excesivo con que los ñu metaleros aderezaban sus canciones ensambladas bajo la misma matriz de clima tedioso y explosión saltarina. Todo eso sonaba caduco para nuestros oídos, queríamos hardcore, que fuera puro, tradicional, que no estuviera diluido en otras cosas, era lo que necesitábamos y sólo había que pagar los tres pesos de la entrada, subir la escalera de mármol y podríamos tenerlo.

Esa noche fue iniciática en más de un sentido, en el descanso de la escalera, apoyado contra la ventana, estaba este tipo gigante, con una remera tipo futbol americano azul que decía Ether y esas trensitas, fumando, ahí recibí por primera vez el famoso barandazo del porro. Superando con creces la cumbre de la ingenuidad, me quejé en voz alta "qué mierda es ese olor", Limón -que seguro estaba más pillo en estos temas- no dijo nada, el tipo de la ventana se volteó para mirarnos. Tenía una mirada apagada pero inquisitiva y barba candado. Lucía amenazante, como mucho de lo que vimos y vivimos esa noche, pero no retrucó a mi pajerísima apreciación. Seguimos subiendo y llegamos a la sala donde tendría lugar el concierto, era como lo había soñado tantos años, no, era mejor, estaba despierto, estaba pasando: hardcore en vivo y en directo. Al fin.

En vivo en Meridiano V - Año 2003En vivo en Meridiano V - Año 2003

Según lo certifica el afiche que bajé de algún fotolog random y que backupié muy posiblemente en un cedé Verbatim regrabable, las bandas encargadas de calentar la previa fueron los Fallados de fábrica y Fire Squad. No guardo absolutamente ninguna imagen nítida de lo que fue la presentación de los Fallados, de Fire Squad recuerdo que salieron a tocar luciendo unos cuantos cascos de motociclista y que tocaron una música para la cual mis oídos no estaban preparados todavía. Años después aprendería a amarlos y los seguiría bastante pero en ese momento me sonaron, como mínimo, raros. Entre banda y banda me arrimé a la feria, quise comprar unos pins pero el rasta que la administraba no me aceptó los patacones, le pedí la bici a uno de los pibes y pedalié por el barrio hasta encontrar un kiosko abierto, la familia del kioskero estaba con unas sillas en la vereda tomando algo fresco y escuchando cumbia, compré un alfajor Jorgito, pagué con los patacones y volví zumbando al lugar, cuando me iba el tipo del kiosko me tiró un "felices fiestas". De vuelta en la feria compré dos pines que hasta el día de hoy conservo en una bolsita Ziploc para mantenerlos intactos.

¿Cómo se describe la succión de un tsunami antes de caer? ¿Cómo el instante previo a una patada en la jeta? Una reverberación hipnótica iba creciendo en intensidad a medida que el momento de arrancar se acercaba. Cuando el quinteto hubo desembarcado en el escenario y ya todo estuvo alistado para largar el tiempo pareció acelerarse, levar en vigorosidad, violentarse en la percepción que mis sentidos pudieron recoger de él. La palabra inolvidable suena poco menos que pijotera para describir lo que siguió, con el Juani trás los parches, Tatan en el bajo, Gitano y Joao (sí, el de la escalera) en las guitarras y el célebre Chueco en la voz, la leyenda del hardcore detonó el recinto con poco más de cuarenta y cinco minutos de set. No eran los noventa, no era El Cafetal, pero estaba pasando y era palpable, fieramente palpable.

Largaron con "Armado" -que también tuvieron que repetir al final- y al toque varias canciones del Sin nombre como "Calavera", "Libertad para matar", "Desierto oscuro" y "Cruel situación". Hasta ahí, nuestra participación en el pogo pudo clasificarse de tibia, después de todo no dejábamos de ser un puñado de pendejos viendo a la vieja guardia del hachecé empujándose en círculos delante del escenario. Cuando Tatan cedió los graves a Damián "Brutus" Vargas para ejecutar una seguidilla del Hardcorehead fue ahí que nos lanzamos al pit como lemmings al vacío: desesperados, frenéticos, inapelables, una bandada de guachines iniciándose en la dura calesita del mosh. La sortija era el micrófono, el premio era el sing-along, los moretones la prueba viviente de haber estado ahí. Pasaron "POM", "Crece", "Intencionalmente" y "Hardcore head", recuerdo mirar la cara de mis amigos entre tema y tema y grabarme esa expresión de felicidad que les nacía de manera tonta y felizmente genuina. Recuerdo abrazos con desconocidos. Recuerdo la unión fraternal propia de momentos tan inmaculados para el alma, sin un solo detalle de gilada que lo opaque. Recuerdo la afonía y las contracturas de la mañana siguiente. Recuerdo una vuelta a casa interminable, pateando todos juntos por el adoquinado de la 60 desde 17 hasta 1, ya determinados a no vivir un solo día más sin antes armar nuestra propia banda hardcore.

El último recuerdo que guardo de esa velada es haber reconocido a uno de esos true-hardcore-kids que frecuentaban los cumpleaños de mis hermano en el bondi. El chabón también me reconoció y me preguntó de dónde venía, le dije que habíamos ido a ver a Pensar O Morir y sorprendido dijo "mirá vos, no sabía que estaban tocando". Al rato se bajo y lo vi perderse en una de las calles transversales a la Montevideo. Llevaba puesta una remera roja de Los Piojos y un morral con motivos jamaiquinos. No estoy seguro pero creo que también lucía un flequillo desaliñado. Desapareció en la noche como la coherencia de algunos sueños al despertar.
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