Pueblo contra pueblo
Martes, 26 de Junio de 2012 11:19

Por Manuela Irianni

El golpe de estado en Paraguay no tiene nada de express, es un eslabón más en la cadena que enlaza a la guerra del Paraguay, de la que nuestros dirigentes fueron cómplices, a la dictadura cívico-militar de Stroessner y a la profundización salvaje del neoliberalismo que sufrió América Latina durante los 90'. Primero Venezuela en 2002, luego Honduras en 2009 y Ecuador en 2010. Sin contar los claros intentos en la Argentina y Bolivia en 2008. Ahora Paraguay.

Es todo un mismo proceso. Es la derecha decrépita y agonizante que no soporta una sociedad más justa. La organización es la única herramienta que tenemos los pueblos para frenar tanta violencia. Reconocernos latinoamericanos es sentir a cada uno de estos vejámenes como propio.

Fernando Lugo asumió la presidencia de su país en agosto de 2008 con el 40% de los votos, dando inicio al primer gobierno popular luego de 60 años de perpetuidad del Partido Colorado en el poder. En el Paraguay, tan sólo el 2% de la población es dueña del 80% de la tierra, esta cifra que representa la decisión tomada y ejecutada de dejar a la mayoría de la población sin un sustento para vivir, es histórica. La guerra del Paraguay, conocida también como Guerra de la Triple Alianza, unió a la Argentina, Brasil y Uruguay en un conflicto bélico que azotó al pueblo paraguayo entre 1864 y 1870, dejándolo con su población masculina devastada, en una guerra que enfrentó a países hermanos luchando por intereses foráneos, ingleses. Como siempre, el beneficio del imperio primó por sobre el derecho de los pueblos a vivir en paz y por sobre los lazos al interior de América Latina.

Más tarde, la dictadura de Alfredo Stroessner, quien ejerció el gobierno de facto entre 1954 y 1989, terminó de garantizar la instalación del terror y de la exclusión. Stroessner, firme socio de la CIA y de Pinochet, fue uno de los ejes fundamentales del Plan Cóndor: desde el Paraguay siguió las órdenes de Washington para derrocar a Allende y luego colaboró con las dictaduras de todo el cono sur. Antes de dejar el poder repartió tierras entre sus aliados, dejando un vacío en el campesinado paraguayo que hasta hoy no ha sido saldado.

Eso, entre otras cosas, explica las miles de personas que se congregaron el sábado frente al Congreso en Asunción para apoyar al presidente depuesto. Fernando Lugo, con un vicepresidente liberal opositor y un parlamento en contra, se comprometió con la unidad latinoamericana y con las reivindicaciones de las mayorías. La instalación de una pensión alimentaria que podríamos comparar con la AUH en Argentina, fue una de las últimas medidas que determinó a la derecha paraguaya a derrocarlo.

El viernes 15 de junio 17 personas murieron, se trató de 11 campesinos y 6 policías, enfrentados en un violento desalojo en un campo ocupado del municipio de Curuguaty, en el nordeste del país. Allí los campesinos sin tierra mantenían tomado de forma ilegal un predio de unas 2000 hectáreas, del empresario Blas Riquelme. Hubo unos 70 heridos y fueron reemplazados el ministro del interior y el jefe de Policía.

A partir de allí comenzó la utilización política del hecho que enlutó a la nación. La desestabilización que sufrió el gobierno de Lugo fue en una escalada sin precedentes. El partido Colorado dio inicio a que la cámara de diputados aceptara el juicio político acusando al presidente por mal desempeño en sus funciones, y convirtiendo al senado en un jurado. El Partido Liberal, asumiendo que al destituirse Lugo sería su candidato Federico Franco quien asumiría la presidencia, se sumó a la embestida. Franco es un tipo liberal, ya su familia ha formado parte históricamente de dicho partido. En la Argentina ha sido recibido y apoyado por Mauricio Macri, quien comparte su lineamiento político.

Ver a los senadores, uno a uno, profiriendo la frase "Condena" y utilizando así las instituciones para denostar el mandado popular, es escalofriante. Franco ha jurado ya, e hizo hincapié en que su mandato se perpetuará hasta agosto de 2013, momento en que habrá elecciones. El Cobos paraguayo es el nuevo presidente, a quien ni su propio pueblo ni los representantes de los distintos países de Latinoamérica piensan legitimar. La diferencia es que en lugar de una debilitada y casi inexistente UCR por detrás, el candidato está respaldado por el históricamente conservador Partido Liberal.

La maniobra de desalojo a los campesinos que sirvió como excusa para la destitución recuerda a la masacre de Pando en Bolivia, cuando en septiembre de 2008 se torturó y asesinó a 12 campesinos. En esa ocasión, quiso culparse a Evo de los delitos cometidos, generando a nivel nacional un fuerte intento de desestabilización del gobierno. También en ese caso, como el sábado frente al congreso en Asunción, fueron policías contra campesinos quienes se enfrentaron: pueblo contra pueblo.

Históricamente los grupos dominantes han sometido a las naciones en América Latina, invisibilizando sus acciones, volteando gobiernos, ejerciendo la violencia sin límites. El poder no tiene banderas, ni hermanos: los detentores del gran capital financiero se entienden porque hablan un mismo idioma; poniendo bombas en medio oriente, generando revueltas en África, desempleo en Europa o golpes en América Latina; la razón y los medios son exactamente los mismos.

Hoy la batalla es y debe ser simbólica, llevarla al terreno bélico es jugar el juego que ellos quieren. La industria de las armas y los fármacos para curar las heridas que éstas generan, sólo enriquecen a los mismos de siempre, a los que no van el frente de batalla.

Enseñar en las escuelas a los golpes de estado como un tema más del programa de historia no es sólo un error conceptual sino una definición política. Las coyunturas cambian y los modos de dominación se aggiornan, pero jamás desaparecen. Hoy, en un momento de crisis mundial que parece proyectarse al menos durante los próximos años, Latinoamérica vive un proceso de expansión, integración y restitución de derechos. La derecha conservadora, vigía y artífice de que la vida sea vida sólo para unos pocos, ejerce el poder por las vías políticamente correctas: Hoy el golpe no se hace con tanques, se hace con un parlamento que vende la patria al mejor postor.

La organización es la única herramienta que tenemos para hacer frente a la exclusión de las grades mayorías de la población. Comprender a este golpe como un atentado contra toda la región es crucial para responder de manera firme y homogénea. La UNASUR, la CELAC, el ALBA, son grandes cristalizaciones de organización popular; pero no son garantía de nada sin la movilización organizada y consciente de los países que las integran: de los pueblos.

 
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