La plaza no volvió a ser la misma
Sábado, 17 de Septiembre de 2016 00:53

--Por Juan Francisco Altamiranda

Hubo una época en la que evitaba los debates políticos, creía que los compañeros que se me acercaban en el pasillo con sus volantes y la camiseta de sus agrupaciones eran unos chantas y que a la facultad sólo se iba a estudiar. Este es un relato de cómo fue que desperté de ese mal sueño... y me encontré luchando contra la pesadilla.

 

En la facu me iba pésimo, de cinco materias en las que me había anotado al comienzo de ese cuatrimestre, llegué a septiembre luchando para promocionar las únicas dos que no había perdido: Textos y Gráfica I. La última qué abandoné fue Análisis de la Información, lo que más me jodía de esa era el olor a pucho del aula, los compañeros fumaban sin descanso y tenían opiniones muy fuertes, que defendían, entre pitada y pitada, con mucho argumento, citando libros, autores y términos con los que yo no estaba familiarizado. Lo peor era la primera hora de la clase, que la dedicábamos a charlar sobre noticias y actualidad, ahí siempre quedaba en evidencia que yo rara vez agarraba el diario para leer otra cosa que no fuera el Suple Joven o el Sí, o la vez que recorté el artículo que informaba sobre la muerte del líder de Flema, o cuando ojeaba la contratapa del Diario Popular a escondidas en el lavadero.

Radio no escuchaba, sólo cuando mi vieja me pedía que le anote los números de la danza de la fortuna. Tele veía cada vez menos y lo último que elegía mirar eran los noticieros. Era otro de tantos que se habían metido en la carrera de periodismo pero sin haberse pensado demasiado los motivos.

Cuando pasó lo de López no lo supe por los medios, me enteré por una compañera de flequillo stone y babuchas del mismo color verde encendido que tenía en sus ojos. Me acuerdo que se le trababan las palabras de la emoción que sentía, dijo que lo habían desaparecido los milicos, que era un mensaje para que no se siguiera con los juicios. Me acuerdo que el profesor preguntó que opinábamos y que todos estuvieron más o menos de acuerdo con ella, hasta yo, que antes de ese momento no sabía quién era López.

Me acuerdo que llegué a casa y puse Crónica, estimé que ahí estarían cubriendo el caso. Me equivoqué... a medias, estaban transmitiendo otra cosa, algo que no distaba tanto de la suerte que había corrido el albañil.

Flanqueado por las cámaras del noticiero, entre flashes, un tipo de corte carré y barba de tres días leía solemnemente desde un estrado en el centro de una sala donde abundaba el mármol, las columnas de madera tallada y las señoras con pañuelos blancos:

–Primero, rechazan por improcedente los planteos de inconstitucionalidad efectuado por los señores defensores. Segundo, condenan a Miguel Osvaldo Etchecolatz, y a las demás condiciones sobrantes en autos, a la pena de reclusión perpetua...

Me acuerdo el estallido de los corazones, los aplausos, los silbidos. Me acuerdo del viejo espeluznante ese besando un crucifijo y exclamando algo al cielo con cara de qué le vamos a hacer. Me acuerdo las bombas de pintura, los manotazos, los empujones, el tipo de la Zaragoza forcejeando con un gendarme de dos metros y la cara de odio de la milica tocándose el pelo rubio manchado de pintura, mirando furiosa a los que cantaban "como a los nazis les va a pasar, a dónde vayan los iremos a buscar".

Me acuerdo que apagué la tele y me puse a llorar, a escondidas, en el baño.

¿Cómo que no vas a la marcha?

Al otro año mi desempeño académico mejoró notablemente, aunque no era nada difícil mejorar un año tan desastroso como lo fue el 2006. Entonces ya me había acostumbrado al mate amargo, a escuchar a los militantes exponiendo sus pareceres, a estar un poco más informado y a llevar las lecturas al día. En el taller de Radio I conocí a un grupo de gente tan distinta entre sí como interesante: Kaufmann, que bailaba en una murga, tenía alma de clown y venía de Mar del Plata; Cesar Morales, que tenía el mejor correo electrónico que me pasaron en mi vida (inmoralesusted arróba loquesea puntocom); Fernanda y Ailén, bajas de estatura, gigantes de corazón, y dos personas de las que nunca pude separarme lo que quedó de mi aventura como estudiante de comunicación social. Ellos fueron los primeros con los que pude forjar un vínculo amistoso que me ayudó a sobrellevar mejor las cursadas y a entender con mayor perspectiva de qué se trataba el oficio que había elegido.

Nos amuchábamos en un rincón del aula del fondo en 44 y compartíamos el mate, algún paquete de Don Satur y nuestras pequeñas historias de vida que tenían su punto de partida cercano en lo generacional, lejano en lo geográfico e impredecible en su destino. Lo único que teníamos en común era ese tramo en nuestra trayectoria: el último año en que perio funcionó entre los edificios de 4 y el de 44, con la Plaza Italia como principal base operacional de encuentros y rondas de cerveza y porro.

Una vez, un par de días antes de la primavera, nos juntamos en la pensión donde paraba Fer para diseñar un magazine radial. La pensión era una de esas casonas tipo pequeña burguesía platense, de dos pisos y bocha de habitaciones enormes, que quedaba en algún lugar de diagonal 73. Me acuerdo que era uno de esos días grises pero cálidos, donde la humedad tornaba todo bochornoso y me acuerdo cómo se me iban los ojos y la concentración cada vez que una de las compañeras de pensión de Fer entraba al comedor donde estábamos reunidos. Cuando ya teníamos el proyecto cerrado y empezábamos a levantar campamento, Kaufmann preguntó:

–Y qué onda, ¿van a la marcha de López?

Todos respondieron que sí con tanta naturalidad que me sentí zarpado. Creo que yo era el único que ni siquiera había considerado la posibilidad de ir a la marcha. Por una circunstancia más casual que consiente, decidí darle un volantazo de último minuto a esa tarde y, sin saberlo, también a mi vida:

–De una, ¿vamos yendo? ¿A qué hora empieza? –dije en un pobre intento por copiar esa naturalidad de mis compañeros.

Al cabo de unos minutos, me encontraba llegando a plaza San Martín junto con Ailén y Kaufmann. Faltaba poco para las seis de la tarde y parecía que en cualquier momento se largaba a llover. Nunca antes había visto una plaza como la de esa tarde.

La cara de López

La cara de López estaba en todas partes, cientos de carteles, remeras y banderas llevaban su cara serigrafiada en tonos rojos, azules y negros. En la imagen tenía puesta su boina ladeada a la izquierda, el ceño fruncido como si estuviera mirando de cara al sol y una especie de sonrisa o gesto en los labios, como si estuviera a punto de decir algo. Las paredes del centro chorreaban su nombre y las gargantas de todos los presentes lo invocaban entre cánticos y arengas acompañadas de bombo y redoblante.

Al toque perdí a mis compañeros de cursada pero no tardé en cruzarme a otros conocidos, para mi sorpresa me encontré con mucha gente que conocía de los recitales hardcore en El Varieté: estaba Andrés, el chico que tocaba el bajo en Backside, también estaba Emilio de Violenta Conmoción Emocional, con sus dreadlocks y la sonrisa característica, estaba María Luz, que nos sacó una foto que siempre me olvidé de pedirle. Por allá arrancó la movilización, una columna interminable que avanzaba desde plaza San Martín, por siete, hasta plaza Italia. En algún momento creí posible contabilizar el número de asistentes, después me di cuenta que era imposible.

Andrés se quedó conmigo toda la marcha. Conversando, nos dimos cuenta que además del gusto por la música fuerte y rápida también estudiábamos lo mismo y hasta en el mismo lugar. En ningún momento tocamos el tema de por qué estábamos ahí, ni barajamos trasnochadas teorías sobre qué pasó con López. Ya bien lo había dicho la compañera del flequillo stone y las babuchas verdes: fueron los milicos, era un mensaje para que no se siga con los juicios.

La procesión rodeó plaza Italia y siguió por el diagonal hasta la Moreno. Eran decenas de miles de pies machacando el adoquinado, pisoteando la apatía, movilizados por lo mismo, fueran del espacio político que fueran, López era compañero de todos. Cuando reparé en ese detalle me sentí eufórico, sentí que toda mi vida la había pasado en los lugares equivocados, sentí que estaba en el lugar que tenía que estar, que no había otro lugar para estar ese 18 de septiembre.

Después de pasar frente al palacio municipal y hacer la obligatoria parada, siguió el tramo final por 51 hasta plaza San Martín. Después vino la noche, la lluvia, la lectura del documento y toda la gente gritando presente, las lágrimas que se mezclaron con la lluvia, los abrazos, los adioses, la desconcentración de la plaza, la vuelta a casa, con frío, mirando la ciudad muda por la ventana del 202, sintiendo ese calor en el pecho que nunca más se apagaría, atento a la voz de esa conciencia que finalmente había despertado.

 
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