Brasil, decime qué se siente...
Jueves, 01 de Septiembre de 2016 18:33

--Por Jamylle Mol*

 TW: @jamylle_mol

El 31 de marzo de 1964, Brasil se acostó en una república para despertar, al día siguiente, como una dictadura. Con la intención de "destruir la amenaza comunista", los militares destituyeron al presidente legítimo y tomaron el poder.

 

El 31 de agosto de 2016, Brasil se acostó con una democracia para despertar, al día siguiente, como víctima de un golpe de Estado. Con la intención de "destruir la amenaza bolivariana", 61 senadores anularon el voto de 55 millones de brasileños y brasileñas y destituyeron la presidenta legítima.

Ya no es secreto que el movimiento para sacar a la presidenta Dilma Rousseff no tenía ninguna base legal, y no pasaba de una maniobra política de quienes no pudieron llegar a la presidencia del país a través del voto popular. Las "pedaladas", principal motivo por lo cual Rousseff fue alejada de su cargo, es un recurso antes utilizado por otros presidentes, como el propio Lula y el neoliberal Fernando Henrique Cardoso, y, por lo tanto, no es caracterizado como un crimen de responsabilidad.

La tragicomedia brasileña – que asusta por el nivel de hipocresía y falsedad de sus protagonistas – no es discreta. En el discurso de los defensores del impeachment el justificativo central sería la obligación de poner un fin a la corrupción que, para ellos y ellas, es exclusividad del Partido de los Trabajadores (PT). Sin embargo (e irónicamente), de los 81 senadores que juzgaron a Dilma Rousseff, 49 son investigados por corrupción; los parlamentarios que aparecieron en la mesa junto a Michel Temer durante la ceremonia para legitimarse como presidente suman más de 75 procesos judiciales; y el propio Temer, tras acusaciones en la operación Lava Jato, es inelegible por ocho años después de que termine su mandato actual.

Está claro que el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff nada tiene que ver con obligaciones morales de políticos comprobadamente corruptos. El impeachment de Rousseff es un intento de debilitar uno de los partidos políticos más influyentes del hemisferio y, con eso, arrastrar otros países latinoamericanos para el giro hacia la derecha (y hacia un camino cada vez más lejano de la igualdad social).

No es correcto negar una gran insatisfacción de los brasileños y brasileñas con el gobierno de Rousseff. Pero tampoco es correcto no tener en cuenta que, desde enero de 2015, los senadores y diputados brasileños usan maniobras para impedir el avance de los proyectos de la petista, lo que, junto a la crisis mundial, trajo una serie de problemas sociales y económicos para el país.

El golpe de Estado en Brasil es misógino, machista, homofóbico, rico y blanco. La elite brasileña –representada por políticos buitres que solo esperaban una mínima oportunidad para accionar– no soportó 13 años de PT. No soportó 13 años de millones saliendo de la miseria, 13 años de salud y universidad gratuita, 13 años de obreros y mujeres en el poder. La elite brasileña está, sí, contra todo tipo de corrupción: siempre que esa corrupción no sea blanca y bien peinada.

En 1964, Brasil despertó en dictadura por 21 años. En 2016, espera la reinvención de la izquierda para despertarse en democracia.

* Brasileña, Periodista y Master en DDHH

 
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