Hay que llorar como en las telenovelas
Martes, 23 de Agosto de 2016 18:05

--Por Rober Mur

 

Los niños de la calle lloran a cántaros. También los muchachos en los arrabales, por cualquier pavada. Todavía existe gente que cree que en esas condiciones no se llora, que la vida a la intemperie te vuelve fuerte, reacio, bien jodido. Para algunos llorar es un lujo que sólo los elegantes pueden darse. Igual que pensar en revoluciones mundiales, entrar en crisis o ser egoísta.

Y lo que más he visto en las barriadas y edificios, justamente, son hombres fuertes quebrar en llanto. En medio del asfalto caliente o en el salón de fiesta de una sociedad de fomento, mientras suena Juan Luis Guerra o cogen duro en el baño. Lloran haciendo papelones, transpirando la camisa de jean comprada en Flores, con mocos colgándole de la napia, gimoteando como focas viejas. Con la profundidad de un personaje de Kafka, de esos que se hunden en sus penumbras hasta convertirse en cucarachas gigantes. Sí, sí, los negros de barrio son kafkianos. ¿Así se dice, kafkiano?

La primera vez que vi a un amigo llorar fue por un tiro libre mal pateado. Lo miré y le quise decir que no llore, que el fútbol es para disfrutar y no para sufrir. Pero me levanté de la silla y me quedé apoyado contra la ventana del rancho, en silencio, y dejé que mi amigo disfrute de cada una de sus lágrimas. Y recé a Dios para que nunca nadie le niegue las penas. Incluso cuando ni siquiera creo en Dios.

Los muchachitos lloran, lloran, lloran sin parar. Mientras los escritores inventan libros sobre chongos feroces que no sienten dolor, encerrados en las cárceles o en el ejército. Como si estuviesen dispuestos a bancarse lo que sea. Como si el dolor fuera poca cosa para ellos. Pero lo sienten, bien metido en el culo, siempre lo sienten y se les sale como océanos de rabia. Mientras otras gentes sólo lloran en equilibrio, con discreción, con películas de Woody Allen o discos de Bob Dylan. Mientras los papás lloran los domingos, puertas adentro con el velador prendido, por no tener con quién compartir el vermú; o por vivir en este país que, como todos saben, es un lugar horrible, lleno de revistas multicolores que nadie lee y edificios europeos cagados por palomas.

Pero hay que llorar cuando sea, como sea. Todo está permitido. Aunque todos sepan que, en realidad, está todo prohibido. Hay que llorar, hacer berrinches en la vereda, quedar mal arriba del colectivo, desubicarse en un bar. Hay que llorar con exageración, como en las novelas. Esas bien machistas, que pasan a las tres o cuatro de la tarde, el horario más incómodo para llorar. No hace falta quedar bien para esas cosas. Hay que llorar en shorcito de fútbol, con un revólver de juguete en la mano y el corazón en la otra. Conmoverse para nada, tatuarse rosas mal hechas en la panza, tirarse pedos a cada paso. Y amar el mundo alrededor. Aunque sea un mundo de cuarta.

Las cumbias santafecinas siempre hablan de llorar por amor, pero no hace falta aclarar. Llorar siempre es por amor. No se llora por otra cosa. Como reír o putear. Llorar por un auto, por Racing o por un lavarropas automático. Porque Al Pacino se queda ciego y nadie lo quiere, o porque echaron de la casa de Gran Hermano a nuestro fulano preferido.

Hay que vivir todos los días viajando en trenes con olor a catinga, mojándose con la lluvia, pisando mierda de perro, comiendo lo que haya a mano. Entre medio queda muy poco tiempo para amar y llorar por algo.

Así que a llorar por lo que sea y a dejarse de joder.

 
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