La solución es un teléfono
Sábado, 18 de Abril de 2015 15:01

--Por Rober Mur

Algunas veces la soledad se mete en mi habitación sin pedir permiso. Cuando eso ocurre me encierro en el baño a sacudirme la verga hasta que la mente se me convierta en un cuaderno en blanco de tapa blanda y, encima, volcado con mate cocido.

 

Ahora intento hacerme una puñeta horrible. De esas que no sirven para nada, que tienen la sensualidad equivalente a una bombilla de mate tapada, un termotanque o la discografía completa de José Larralde.

Hoy a la mañana cuando me desperté tuve un puñado de incentivos para el día. Tomé unos mates, miré la tele, salí al patio. Me puse a charlar con mi vecino Ismael, el paraguayo; cada vez que salgo al patio de mi casa lo veo por encima de la medianera, siempre está ahí, regando las plantas y escuchando chamamé. A veces pienso que Ismael está puesto allí de adorno por Dios, con su camisa a cuadritos y sus chancletas gastadas. Después me tomé el tren, pasé por tres estaciones, bajé, anduve por librerías, comí una porción de pizza, tomé un café y volví a tomarme el tren de regreso. Entré a mi casa y retorné al punto cero. Fue como si nunca me hubiera levantado. Parado en la cocina de mi casa, entre la heladera, el pan y el tacho de basura, me di cuenta de lo fastidiosamente silenciosa que es la vida. Apenas podemos encontrar un chamamé o el ruido del tren para distraernos un poco.

De inmediato me encerré en el baño. Me encerré en mi casa. Me encerré en el universo. Me bajé el pantalón y empecé a manosearme la verga. Ella y yo, y por fuera de nuestro pequeño mundo pegajoso, la nada misma. Me convertí en una rama seca en un baldío o una flor medio pisoteada en los canteros de mi escuela primaria. Un cero a la izquierda de la galaxia, un pedo en el limbo. Por la claraboya podía verse como oscurecía de a poco y la luna se asomaba a espiarme. La solución del día es una puñeta, pensé.

Ahora intento hacerme una paja horrible. Gastada, olvidable.

Para estas pajas no hay nada místico ni esotérico. No hay fantasías ríspidas ni viajes prohibidos. Cumplen el mismo rol que dejar la tele prendida en C5N sólo para que haga ruido, para que ayude a dormir y que la noche no provoque tanto miedo. Es un abismo brillante y cremoso, en carne propia. Sordo y mudo. Cerrar los ojos, contener la respiración y arrancarse un pedazo de vientre a través de la chota.

En esta noche gris, como la del tango ese, no paro de sacudirme para extirpar un cacho de apatía del espíritu. Afuera hay pájaros, árboles, cemento, campos de hierba seca y ferreterías cerradas. Afuera está todo y no hay nada. Todo termina en la puerta de mi casa. Todo desaparece en el umbral de mi vida. Y en esa vida -y muerte- sólo estamos mi pija y yo. Soportándonos uno al otro. Le doy duro pero no arranca. Me pregunto en dónde habré dejado los recuerdos de tetas y culos, en qué cajón empolvado. Busco en los bolsillos de mi memoria y sólo encuentro boletos de tren aplastados y fotos en sepia de perros durmiendo en plazas, bajo los bancos de centros comerciales del conurbano, con olor a agua sucia y lencería en liquidación. ¿Dónde quedaron los polvos, fueron reales? Me pregunto cómo harán mis amigos para hacer andar el avión cuando no hay nafta. Qué buenos recuerdos de los pibes; Diego, Seba, Mati. Si estuvieran acá me darían una mano. Sí, sin duda.

Pensándolo bien, debería llamar a los chicos. A mis amigos y a mi familia. Debería llamar a mi viejo, también. Joder, ya está viejo y casi nunca me detengo a charlar con él lo suficiente. Mi papá es un tipazo. A mi edad, seguro se haría la paja como un campeón. Hay tantas cosas que querría decirle. ¿Y si mejor lo llamo?

De inmediato, voy hasta la habitación con la pija en la mano a medio engarrotar, y marco el número de la casa. No voy a quedarme con ganas de hablar con mi viejo. Aunque sea en pelotas y pajeado, pero voy a llamarlo y decirle que lo quiero mucho. Da ocupado. Intento otra vez. Vuelve a dar ocupado. Transpiro. En ese instante recuerdo que había cambiado de número hace unos meses. Me había dado el número nuevo y lo anoté en algún lado que en este momento no recuerdo. Y ahora sólo tengo un teléfono en la mano que me da ocupado y mi verga horrible en la otra. Y la casa en silencio. Las primeras lágrimas me corren por la mejilla, se quiebran en mi mentón y caen de a poco sobre la cabeza del choto. Se sienten tibias y suaves. Me recuerdan al otoño. Me emociono muy fácil.

Ahora intento hacerme la paja para distraerme un rato. Intento, pero no se me para. No se me para, y no puedo parar de llorar. La solución no es una paja, creo. Es un maldito teléfono.

Suelto el tubo y se cae contra el piso, junto a la cama y el velador y mi cuadrito de Eva Perón descolorido en la mesa de luz. Suelto el teléfono y me quedo inmóvil, con la chota en mano y la casa despiadadamente sola, como una fábrica abandonada, como una biblioteca en domingo; como nadie podría imaginar una noche de calor. Apenas susurra el pip-pip-pip del teléfono en el piso, en un La bemol; lo sé porque mi amigo Diego lo usaba para afinar la guitarra. Gordo ratón, comprate un afinador. Cómo lo quiero al Dieguito, mi amigo guitarrero de la secundaria. Pucha, debería llamarlo a la casa. Debería llamar otra vez a mi viejo. Debería hacer tantas cosas y lo único que tengo a mano es esta pesadez de mi vida, del olvido y el desencuentro. Y mi pija moribunda mirándome fijo. Teniéndome lástima.

Cuelgo el tubo y pienso en mi viejo, dónde mierda habré dejado el número nuevo. ¿Y si le pasó algo malo? ¿Y si nunca llegase a enterarme por haber estado en pelotas encerrado en casa? ¿Es esta la fragilidad inexorable de la vida? Nunca se eligen los momentos donde el destino te puede acorralar con dudas y angustias; tan sólo te observa desde la oscuridad y te ataca cuando tenés la guardia baja o, en este caso, los pantalones caídos.

Camino despacio de nuevo al baño, desganado. Siento que nunca existieron ni el tren de esta mañana, ni el café y la pizza. Ya me olvidé de la camisa del paraguayo Ismael y dónde quedaban todas las librerías que recorrí. Mi única certeza en este instante es la pija en mi mano y la soledad del mundo.

Justo en ese mismo momento, el silencio es interrumpido por timbrazo del teléfono. Camino hasta la pieza con la torpeza de alguien con pantalones bajos y cara de papanatas.

— ¿Rober, vos me llamaste?

La voz de mi viejo enciende una antorcha de emoción dentro de mi pecho que se extiende por mi vientre y me llega hasta la punta de la garompa.

— ¿Papá?¿Sos vos? ¡Qué bueno escucharte! ¡No encontraba tu número nuevo! ¡Cómo estás, viejo querido!

— Pero si este es mi número nuevo, ¿no te acordás? Yo bien, hijo, acá mirando televisión. ¿Estás bien? ¿No tomaste frío hoy, no?

Me emociono hasta las lágrimas al escuchar la voz de porteño Luis Brandoni de mi viejo. Siempre me pregunta si tengo frío, aunque hagan cuarenta grados a la sombra. Repite todo veinte veces, el viejo chanta. Cómo lo quiero. Joder, siento que se me para la pija sólo de pensar en mi viejo, en mis amigos. Gracias, guachos, por estar ahí; por darme fuerza a mí y a mi verga. Es lo único que vale la pena en el paso por este mundo de librerías de cuarta y chamamés ruidosos.

Sigo chamuyando un rato con mi viejo. Le cuento que justo estaba por hacerme una paja y decidí llamarlo para ver cómo andaba. Mi viejo me manda saludos y me avisa que me abrigue, que no pase frío porque me puede hacer mal. Le digo que no se preocupe y le digo que lo quiero mucho. Nunca es tarde para volver a darle sentido a esas palabras. En pelotas o pajeado, nunca es tarde. Cuelgo el teléfono y voy al baño. Creo que salvé el día, después de todo. La luna, chusma como ella sola, aún me mira desde la claraboya.

Ahora intento hacerme la paja para distraerme un rato. Intento, pero no se me para. No se me para, y no puedo parar de lagrimear. Es que me emociono muy fácil.

 
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