La pasión gritona

--Por Rober Mur

 

Bosnia es un Estado republicano independiente desde el año 1997, tiene alrededor de 4 millones de habitantes y es la cuna de artistas célebres como Goran Bregovic y Emir Kusturica. Es todo lo que puedo decir de ese lugar; si me ponen frente a un planisferio y me piden ubicarlo podría estar 4 horas con la mirada perdida en algún rincón del mar Adriático.

 

Bosnia está por jugar contra la selección Argentina; es el primer encuentro del equipo nacional en el mundial de Brasil. Estoy con mi amigo Eric, nos juntamos para ver juntos el partido. Eric tiene 42 años y es serbio. Si bien él es fanático del fútbol y yo no, nos une la pasión por la bebida, nuestra debilidad por la noche y una peculiar facilidad para decir groserías. Este es un partido especial ya que Eric mantiene desde muy chico un desprecio singular hacia los bosnios – ¿Así se dice, "bosnios"?-. Eric tuvo que vivenciar desde muy chico los conflictos sociales que atravesaron durante años sus compatriotas a causa de las guerras con los croatas y yugoslavos. Me encanta emborracharlo y darle manija sobre los resentimientos nacionales y culturales que carga aún después de vivir durante más de 15 años en Argentina.

Son las 6 de la tarde, hace un rato terminamos la primera botella de vino. Destapo otra y sirvo un vaso. La TV está prendida en la previa del partido, pero en silencio; estamos escuchando a todo volumen Cockney Rejects, banda británica de punk clásico, pionera en meter el rock en las tribunas y usarla de soundtrack para revolearle un botellazo al referí. Eric se baja el vaso de un saque, se limpia la boca con el puño y tose un poco. Ya está colorado, alegre, jodón. Un auténtico serbio exiliado en Ezpeleta. Qué lindo el fútbol, cómo une a las personas; es inspirador cómo hacemos a un lado nuestras peripecias y obstáculos personales para fundirnos en un único sentimiento, catalizador, fraterno; me encantaría que kurdos, chiítas, suníes todos, toditos arreglaran sus problemas en un partidazo de fóbal en la cancha de Lanús. Sí, señor, brindo por eso.

Miro hacia la calle desde la ventana de mi pieza. La calle es un páramo, no hay nada, ni las moscas; se escuchan murmullos desde las casas de los vecinos, algún grito perdido. Ahora entiendo cómo se vivía en los setentas en la Argentina. Está por arrancar el partido, vamo´ Argentina, vamo´ a ganar; mi amigo grita con su acento horrible y marca como serrucho esa "erre", y clavamos otro trago de tinto sabroso, medio pelo, treinta-pesos.

Me encanta el fútbol. Griterío, excitación, nervios, drogas y alcohol; excepto por el deporte, posee todo aquello que disfruto de la vida. No soporto al que reivindica cierto desprecio por el fútbol para jugarla de distinto, de especial, de intelectual que no se embarra en las sensibilidades populares. Odio a los reproducen el discurso de la "cultura del fútbol". Caretas; revolean cascotes desde la platea, escupen a los jugadores y putean a los cuatro vientos, pero durante la semana pretenden ser buenos ciudadanos, laburantes, buenos tipos. Convierten a la cancha en un purgatorio para la miseria. Man, si te gusta la violencia bancala en todos los aspectos de la vida; salí a robar bancos, cagate a trompadas con tu vecino o poné una bomba en una plaza. No te escondas detrás de una camiseta de fútbol. A mí me encanta la adrenalina; es humana, es irrefrenable, es el último acto de rebelión del espíritu contra las paredes de la vida cotidiana, del trabajo que odiamos, los sueldos que no nos alcanzan y las heridas que no nos cierran jamás. Por eso puteo, soy hostil; por eso lloro y por eso mismo logro sobrevivir una semana más cada domingo. Y si no lo entienden, pregúntenle a Eric, que si no estuviera acá, gritándole al televisor, estaría en algún lugar de los Balcanes armado hasta los dientes. Let it be, como dijo Jagger, o alguno de esos.

Justo cambio de CD cuando arranca el partido, escucho a Eric que larga una puteada en un idioma rarísimo; se emociona, se imagina que está en el campo de juego; flashea que es Maradona contra el mundo, gambeteando la guerra fría, tirando una bomba nuclear sobre Sarajevo. Saboreo ese momento mágico del fútbol, me imagino a todos los argentinos mirando el partido en este instante, bardeando juntos, la gran puteada nacional; no hay nada más, ni hambreados en el Chaco, ni favelas curtidas de balazos, despidos, represión, marginales, nada, man. En este momento no hay tiempo para corazones rotos ni espíritus quebrados. Nada más importa; la 9 de Julio no está congestionada, ni el puente Pueyrredón cortado; el Riachuelo está tranquilo, sin molestias, ni pesares. Pienso y pienso hasta que Eric me interrumpe de un alarido. Gol.

Mi amigo grita y vuelve a putear, esta vez contra los bosnios, los rusos y los alemanes. La facilidad de Eric para darle rienda suelta a su xenofobia pondría en jaque a más de un progresista de clase media. Pero es ese el gran punto de inflexión para las interpretaciones académicas del fútbol; esa gran pasión para soltar de manera unánime la fiera insensata de nuestros sentimientos. El mundial es el único momento en que todos los argentinos, sin importar raza, ideología o religión nos unimos para burlarnos de la amargura de los europeos, la ineptitud de los asiáticos y la negrura de los africanos. Gritarlo bien fuerte, que lo escuchen en todas las oficinas de las Naciones Unidas, los cuarteles de la OTAN, donde mierda sea. Gritar, porque es la única forma de decir las cosas significativas de la vida. ¿Se imaginan acaso a Evita frente a la Plaza de Mayo hablando bajo o a Horacio Guarany susurrando sus odas al vino? Pff.

El partido se torna monótono y comienzo a embolarme. La segunda botella de tinto se termina, Eric ya está mamado y le falla la conjugación de verbos; me habla de los problemas que tiene con su cuñado que vive en Rosario, dice que es un gordo rata; "debe guita de mí, debe guita de mí, no prrestarle más". Tranquilo, capo, servite más vino.

Volvemos a poner el partido en mute y ponemos música de nuevo, esta vez pongo un cantante serbio de los ochentas, pero Eric me dice que saque "esa mierrda"; quiere que ponga Los Leales. Termina el primer tiempo; aprovechamos para armar una picada de queso, mortadela y aceitunas negras. El partido nos parece una cagaday apagamos la tele. Descorchamos otro vino y subimos el volumen de Los Leales, la versión de "Un velero llamado libertad", el clásico de Nino Bravo. Nos arengamos y empezamos a hablar a los gritos, la cumbia está más fuerte que antes. Nos dan ganas de salir, creo que está ganando Argentina ¿Contra quién jugaba? Ah, Bosnia, ya me acordé; es un Estado republicano independiente desde el año 1997 y tiene como 4 millones de bosnios. Algo así.

Ya es de noche; domingo y las calles están vacías, la gente debe estar muriéndose de angustia con el partido. Qué bueno que nosotros sí sabemos cómo se vive el mundial. A los gritos, meta cumbia y vino, como corresponde en mi patria. Acá, en mi barrio con Eric, mi amigo serbio.

 
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