El brujo
Viernes, 08 de Noviembre de 2013 13:33

altaltPor Malvina Liberatore

TW: @Malvina_lib

Manuel de Gorina es un brujo. Pero él no hace hechizos ni pócimas milagrosas, él cura. Vive de la plata que le dan las familias acomodadas, el mejor futbolista local y otros clientes de elite. Ellos pagan, pero las 300 que atiende todos los días, menos los fines de semana, en el barrio de casas humildes cercano a Gonnet, van gratis, a cambio de nada. Acá, el relato de una práctica místico – religiosa que parece ser el lugar que muchos argentinos buscan.

 Son las siete de la mañana, en punto. El micro 273, cartel verde letra C, frena en la parada de Plaza San Martín. El chofer prende un cigarrillo, discute con una pasajera, le grita.

Ese colectivo llega hasta 480 y 138, hasta Gorina, hasta la casa de Manu.

-¿Ustedes van a lo de Manuel?

- Sí.

- Bajen acá. Sigan por esta calle hasta la esquina que hay una diagonal chiquita, diagonal 6, la cruzan y toman un camino de tierra con muchos árboles. Cuando termina ese camino está la casa a la que van, es la última, a la izquierda.

***

Es el brujo de Gorina, el presunto curador de la rodilla de Juan Sebastián Verón y, según muchos, la explicación a la suerte del club

Estudiantes de La Plata. La gente dice que Manu atiende en una villa, que no cobra, que no te pide nada, que si querés podés dejar un alimento no perecedero o plata en una alcancía. Y es cierto. Pero de algo tiene que vivir. De algún lado tiene que sacar el dinero para comprarse los anillos y pulseras de oro que usa y la 4 x 4 en la que llega.

La mayoría de quienes lo visitan no tienen certezas de dónde vive el brujo (porque, se sabe, no vive en el barrio en el que atiende), pero comentan que se dedica a curar casas, a atender a reconocidos futbolistas en sus domicilios y que a ellos sí les cobra, como así también a las familias adineradas que lo consultan.

Atiende en un barrio de casas de chapa, de paredes de adobe casi una villa. Está a 600 metros del Country San Facundo y rodeado de residencias lujosas: doble piso, cochera y jardines muy bien cuidados. No es extraño, muchos terrenos en los que vive gente humilde son valuados en cifras escalofriantes. Tal es el caso de la villa 31, en Retiro, que está a metros de Puerto Madero, del Hotel Sheraton y es un terreno de 15 hectáreas valuado en 25 millones de dólares. Allá viven 30 mil personas hacinadas en pasillos oscuros e interminables y alquilan una habitación para poder dormir.

***

Son las ocho de la mañana, en punto. Es un camino de tierra. Moscas, chicos con guardapolvos y perros entran y salen de las casas de chapa. Y también los autos que esperan para entrar a ver a Manu: Peugeot 206, Chevrolet Meriva, Peugeot 504, Renault 12 modelo 85. Todos estacionados sobre el mismo cordón. Lejos está de tratarse de una práctica de gente de campo y supersticiosa. Todo tipo de gente llega a lo de Manu.

Y ahí está la casa. Podría ser una tapera si no fuera por las 55 personas que están dentro, sentadas, esperando a que le solucionen los problemas. En algo hay que creer: Dios se murió, la medicina es humana. No dejan de querer explicaciones científicas, esas explicaciones no dicen lo que quieren oir. Y Manu sabe bien qué decir.

Según el sociólogo Alejandro Frigerio, especialista en creencias y religiones, "vivimos con cierta vergüenza ese rasgo de nuestra personalidad porque va en contra de lo que creemos que somos: racionales, secularizados, educados, modernos. Preferimos pensar que es algo de una minoría poco culta, pero no es así".

Buscar más allá de lo tangible. Leer el horóscopo del diario, sabiendo que es inventado. Hace un tiempo, la consultora D´Alessio Irol, en una encuesta que realizó para la revista Selecciones, definió que 7 de cada 10 argentinos confían en que tirar el cuerito cura el empacho y 6 aseguran que el mal de ojos existe. 4 de cada 10 creen en el Gauchito Gil y el 30% cree en la lectura de manos y los libros de predicciones. Estos últimos son los que van a Gorina.

Una mujer petisa y caderota espera para entrar, lleva una pollera ancha, color negro desteñido. El pelo negro, negro azabache, brilloso. Espera con una bolsa de nylon en la mano, donde guarda un manojo de llaves y un Nokia 1100.

- ¿Qué número tiene?

- 56

- ¿Y por cuál va?

- el 20

Se limita a responder, tímida. Frente al lugar hay una casa en la que dos mujeres reparten bolsas con alimentos, son manzaneras. Todavía existen.

- Este tipo es una mierda. No hace el bien, hace el mal- Dice una de ellas, que se agacha y agarra una bolsa. Tiene el pelo atado, mitad colorado y mitad castaño oscuro. Deja ver una cicatriz profunda de cesárea que surca su abdomen fláccido.

- ¿Esa comida no se las da él?

- No, la comida se la da a gente rica como ustedes. A nosotros no nos da nada, si te acostás con él te da comida.

- Me dijeron que ayudaba a la gente del barrio.

- No, decile a quien te dijo eso que yo digo que es mentira. Nosotras somos manzaneras, nos da el gobierno esto y lo repartimos. Ese nos da ropa vieja y rota a nosotras, por eso no lo quiere nadie acá en el barrio. Arregla con la policía para estar ahí.

Manu mide un metro sesenta y tiene el pelo castaño, lacio hasta las clavículas, partido en una raya al medio. Usa anteojos, para desnudarlas mejor. Las mujeres son su debilidad.

Es flaco pero panzón, tiene un anillo de sello de oro y una pulsera haciendo juego. Lleva puesta una remera blanca de piqué y un vaquero azul. Ahora está adentro del cuarto donde cura, es un lugar oscuro. Hay montículos de escombros y alimentos no perecederos. De las paredes cuelgan una Virgen Desatanudos, de San Nicolás, Ceferino Namuncurá y rosarios de cuencas gigantes. Todo es muy viejo, todo está sucio. No es un hereje, respeta las imágenes. Manu cree en Dios.

De a ratos sale a tomar aire, "se siente muy cargado" - dice una señora que espera - y pide un mate a sus ayudantes. Parece un tipo común, como cualquiera. Lejos está de los atuendos y accesorios extravagantes. Abre la puerta de un tirón y respira hondo, entra de nuevo.

***

Sus ayudantes son cinco. Una atiende el kiosco y los otros cuatro están sentados alrededor de una mesa. La mesa ubicada en el centro de la sala donde las 55 personas esperan sentadas en un círculo.

Oscar. Pelado pero con rulos que caen sobre sus hombros. Lleva dos pares de anteojos, unos de lectura que usa para leer el diario y otros de sol que tiene sobre la frente. Hojea el "Hoy" y da los números para ordenar a las personas.

Marcos. Veinte años, con gorra y zapatillas galácticas Nike. Atiende el teléfono y sigue las órdenes del jefe.

Sale Manu a tomar aire.

- Marcá este número, vamos. 456 3456

Marcos marca. Se confunde.

- Dame el teléfono acá – dice Manu.

Al rato vuelve a salir a tomar aire.

- Hagan mate.

Marcos entra a la cocina y pone la pava.

Gise. 17 años. Tiene una remera color tiza de Sportivo A+ y ojotas blancas. Fuma y hace jugar su calzado contra las patas de la silla.

Mercedes. Morocha de jean ajustado. Atiende el kiosco sentada en una banqueta.

Lili. Mujer de pelo amarillo. Acomoda el cartel que dice "si se le pasó el número, deberá sacarlo de vuelta. Gracias".

De esto se encargan sus ayudantes. Llegan a las 6.30 de la mañana y comienzan a repartir los números. Manu atiende hasta las tres de la tarde, de corrido, y después, según dicen, se va en su 4 x 4 a curar casas.

El lugar es de techo alto, tiene paredes en peligro de derrumbe y en el fondo un cúmulo de cosas que ya no usan: sillas y un árbol de navidad con adornos cubiertos de tierra.

En el medio de la sala hay un loro, caen al piso semillas de girasol y mierda. El bicho se rasca con el pico, gira en una soga que pusieron para que juegue. Dos nenes de tres o cuatro años lo miran, le gritan.

Por las ventanas entran gatos, moscas. Da lo mismo que esté sucio, que esté limpio. La gente quiere curarse. La mayoría son mujeres: dos toman mate, una teje al crochet, fuman y otras miran un punto fijo en la pared. Hace más de una década que Manu atiende ahí.

***

- Hace seis años que vengo yo.

- ¿Y te ayuda?

- ¿Qué te parece? Me voy de acá con un alivio... A veces me hace llorar.

- ¿Cuánto tiempo estás adentro?

- Lo que sea. De repente te atiende rápido, en menos de un minuto, y otras capaz que te tiene más tiempo. O por ejemplo, el otro día, no dejó entrar a una mujer.

- ¿Y eso por qué?

- Porque dicen que si ve que venís por brujería o para hacer maldad no te atiende. Y esa mujer parece que era una que tiraba las cartas según me dijeron.

- ¿Y él no es brujo?

- No, no.

-¿Y entonces por qué le dicen así?

- Qué sé yo.

Natalia es joven, tiene 26 años y desde los veinte que pide ayuda a Manu.

- Dicen que si te ponés un pantalón ajustado de leopardo te deja pasar sin haber sacado número.– Natalia se ríe con otras mujeres que esperan.

Hombres van pocos. A la sombra de un árbol, tres señoras, a las que les faltan más de 60 números para ser atendidas, comentan cómo fue que llegaron al brujo Manu y lo difícil que es convencer a sus maridos para que también vayan.

- Yo le dije que venga, que si sigue con la pierna así no va a poder caminar nunca más. Pero ni bola me dio. Le dije que le sacaba un número y se lo arrimaba antes de irme al trabajo. Yo soy de Gonnet, acá cerquita, no me cuesta nada, pero no quiere. Dice que no, que me deje de joder, que son pavadas, que qué sé yo.

- Yo ni le digo que vengo, sino empieza y no la termina más.

Se ríen.

Pregunto cómo supieron de Manu.

- Vos sabés que yo lo conocí a través de una compañera del trabajo que vino porque le bajaba en una cantidad terrible y se lo dijo. ¿Podés creer que Manu le regularizó el ciclo? Bueno, días más tarde, voy a dejar a los nenes al colegio y ¿viste cuando tenés esa angustia acá en el pecho que no sabés por qué es? Bueno, bajo y lo veo a Verón que dejaba a sus hijos ahí también, y vieron que Verón lo llevó a veranear a Manu a Uruguay porque le curó la rodilla y va con Estudiantes a todas partes. Bueno, ahí dije "yo tengo que ir a ver al brujo". Y vine. Cuando entré me dijo que vuelva la próxima semana, el martes, no sé por qué me dijo eso. Así que volví y la verdad es que me atendió enseguidita y después me sentí mucho mejor.

- Y si. A mí me hace muy bien. Pero a veces digo, qué impaciente es la gente. Cuando vienen y se ponen fastidiosos para entrar, tienen que saber que por algo nos dan número. El otro día fui con mi marido a un restorán que va muchísima gente, y un hombre se pidió una ensalada, bueno, la comió. Y cuando le trajeron la cuenta dijo "no, yo la ensalada no te la pago, porque primero le trajiste a los de aquella mesa y antes estaba yo". Y siguen.

Manu abre la puerta y nos hace un gesto para que pasemos. Ahora me pongo nerviosa, siento presión en el pecho. No quiero entrar, el cuarto es muy oscuro.

- Pasen, vamos.

Entramos. Cierra la puerta de un golpe. Hay olor a humedad de sótano, olor a tufo, olor a un salón de 70 adolescentes a las doce del mediodía.

- Trajimos alimentos. – Digo, le doy la bolsa.

- Bueno – contesta.

Abre la bolsa y saca un pack de galletitas Criollitas para ponerlas detrás, junto con otros paquetes. Lo que queda adentro (arroz y sardinas) lo tira a una pila donde hay más comida. Por qué separó las galletitas, sabrán los santos que lo rodean.

El brujo me toma las manos. Las lee. En ese momento pienso en una mujer que afuera, mientras esperábamos, dijo "empezás a creerle cuando te dice cosas que vos no sabés cómo las sabe. Yo traje a una amiga y se quedó sorprendida". Y yo me quedo sorprendida también. No es la primera vez que me leen las manos, sí la primera que me dicen "yo te voy a sacar todo". No le creo.

Extiendo las manos, el brujo me roza un pecho.

- Perdoname, te toqué una teta – se ríe.

- ¿De qué signo sos?

- De géminis.

- ¡Uy pero qué buena que sos vos en la cama! Ojo... cuando querés – se ríe – porque cuando no querés sos un pedazo de carne.- Se ríe.

Miro para abajo.

Lo que sigue, lo que dijo después, me lo guardo. A mi amiga le dice que está todo "para la mierda", que está desorientada, vacía, sola, que no sabe que hacer. Y es cierto.

Le hace la señal de la cruz tocándole la cara, le tira de las orejas - para descontracturar - lo mismo hace con el mentón, y le gira el cuerpo 180º. La abraza de espalda y la levanta del piso. Su cuerpo hace "crack crack".

La suelta. Le mira el culo.

-Bueno, vayan porque si no...

Es cuestión de fe. Antes de entrar una mujer de mirada profunda y entrada en edad, dijo que todos los que estaban ahí era porque veían en Manu la esperanza, que si no creías en él difícilmente se fueran a solucionar los problemas. Mis problemas no se solucionaron, pero quiero volver.

 
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